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Nunca volveremos a estar aquí otra vez

Una meditación sobre vivir y morir bien, con presencia, gratitud y conciencia de la finitud.

Vamos a morir.

Y eso nos convierte en afortunados. La mayoría de la gente no morirá nunca, porque no va a nacer nunca. La gente que potencialmente podría haber estado aquí en nuestro lugar, pero que de hecho nunca verá la luz del día, supera con creces el número de granos de arena del desierto del Sahara.

Sin duda entre esos espíritus no nacidos hay poetas más grandes que Keats o científicos más grandes que Newton. Sabemos esto porque el conjunto de personas que permite nuestro ADN supera masivamente al conjunto de personas que existen. A pesar de esta abrumadora pequeña posibilidad, somos tú y yo, en nuestra normalidad los que estamos aquí. — Richard Dawkins.

Reflexionar sobre nuestra propia mortalidad es algo tétrico y aterrador, sin duda, pero imprescindible para apreciar el valor de la vida.

En la vida moderna, con nuestras rutinas y nuestro ajetreo, es inevitable ir como pollos sin cabeza muchas veces. ¿Conoces la frase de que la vida es como ir en bicicleta, que si paras de pedalear te caes?

Me parece una absoluta estupidez.

Precisamente frenar y pararnos a pensar es lo que nos hace apreciar las cosas. Algo que te puede ayudar a apreciar el valor de la vida es recordarte que vas a morir. Memento mori. Que es inevitable y que justamente por eso quieres sacar provecho a este corto tiempo que vas a estar aquí.

La muerte hace que nuestras vidas sean importantes y significativas. Crea prioridad. Nos da la perspectiva para concentrarnos en lo que de verdad es importante en nuestras vidas.

Suelo imaginarme que la vida es como un parque de atracciones. Sé que a las nueve cierra y que me tendré que ir. Pero mientras tanto, voy a pasármelo bien, montarme en todas las atracciones que pueda y disfrutar de cada momento.

Hay un ejercicio estoico, quizá un poco drástico, que aprendí en el libro Cómo ser estoico del profesor Massimo Pigliucci que es muy útil para reflexionar sobre la muerte. Consiste en acudir a un cementerio y pasear leyendo todas las lápidas, una a una. Parece obvio, pero pensar en que todas estas personas han vivido, con sus más y con sus menos, toda una vida entera y han acabado en el mismo lugar, es un ejercicio de humildad tremendo. Es un recordatorio. Al final es cierto lo que dicen de que cuando termina la partida, el rey y el peón vuelven a la misma caja.

No te obligo a hacer este ejercicio, pero sí te animo un día, quizá mientras das un paseo, o quizá mientras tomas el sol en el parque, preguntarte a ti mismo: sé que voy a morir. ¿Qué significa para mí estar vivo? ¿Qué quiero conseguir en mi vida? ¿Qué propósito sirve? ¿Qué principios gobiernan mis decisiones?

Para conseguir las respuestas que necesitas, primero tienes que plantear la pregunta correcta.

Es probable que no encuentres una respuesta inmediatamente. Así es más emocionante. De eso se trata el viaje. Y te darás cuenta, según avance el tiempo, que tu respuesta a la misma pregunta no es la misma. Eso significará que has crecido.

Las flores nacen y después se marchitan. Las estrellas brillan y algún día se extinguirán. Esta tierra, el sol, las galaxias y hasta el mismo universo algún día también se desvanecerán en el olvido. Comparado con eso, la vida humana no es más que un parpadeo, un escaso momento.

En ese escaso momento, las personas nacen, ríen, lloran, luchan, son heridas, sienten alegría, tristeza, odian a alguien y aman a alguien. Todo eso en un solo momento. Y después son abrazados por ese sueño eterno llamado muerte.

Mira las estrellas — no van a arreglar la economía. No van a parar las guerras. No te van a dar músculos marcados, ni una pareja, ni te van a decir lo que tienes que hacer con tu vida. Pero son importantes. Nos ayudan a recordar que nosotros y nuestros problemas somos ambos infinitamente minúsculos, y a la vez, que somos fragmentos de un vasto e increíble universo.

Existen dos formas de ver la vida: una es creer que no existen los milagros, la otra es creer que todo es un milagro — Albert Einstein.

¡La muerte es el final de todos los hombres! ¿Cuál es el valor que una persona deja atrás cuando muere? ¿Las riquezas que acumuló y dejó para que se pelearan sus herederos? ¿Los enemigos que derrotó? ¿El estatus que alcanzó?

No. Luchamos aquí porque comprendemos. El final es el mismo. Es el camino el que separa a los hombres. Ningún logro tiene tan gran sustancia como el camino empleado para conseguirlo. Los métodos deben ajustarse al ideal que pretenden obtener. No somos criaturas de destinos. El viaje es el que nos da la forma. No puede conseguirse ningún bien por falsos medios. No existen atajos.

¡Yo me he enfrentado a ella cada día de mi vida! ¿Te preguntas por qué no la temo? Porque llevo toda la vida sabiendo que la muerte me acecha. Cualquier momento puede ser el último. Todo es más hermoso porque estamos condenados. Nunca más vas a vivir este momento, y eso lo hace más preciado. Nunca volveremos a estar aquí otra vez.

Pero entonces, si vamos a morir igualmente, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Para qué amar, sufrir, soñar o morir?

La cuestión no es si amaremos, sufriremos, soñaremos y moriremos. Es qué amaremos, por qué sufriremos, cuándo soñaremos y cómo moriremos. Esas son nuestras decisiones. No podemos elegir el destino, solo el camino.

¿Crees que un libro empieza solo para terminar? ¿Lees un libro solo para terminarlo? No, lo lees para experimentar la emoción y las sensaciones que evoca. Para aprender, sorprenderte, enamorarte y romperte el corazón.

¿Crees que una canción empieza con un bonito acorde solo para que termine? No, escuchas esa canción para bailar y cantar a pleno pulmón. Para llorar y sonreír con las armonías.

Sí, nacemos con el inevitable destino de la muerte. Pero eso solo es el final de la obra. El acto final, cuando se cierra la cortina. No nacemos para saludar e irnos del escenario. Estamos aquí para amar, disfrutar, gritar de emoción, movernos, aprender, llorar, sufrir y sentir. No nacemos para morir. Nacemos para vivir.

¡Qué raro es el ser humano! Se pelea con los vivos y regala flores a los muertos. Se queda años sin hablar con un vivo y cuando muere, le hace un homenaje. No tiene tiempo para visitar a un vivo, pero se queda un día entero en un velorio. No llama, no abraza, no se interesa por un vivo, pero se lamenta ante un muerto. Hasta parece que lo más valioso es la muerte y no la vida.

¿Alguna vez has pensado en las veces que te quedan por ver a las personas que más quieres? ¿Alguna vez has pensado cuándo puede ser la última vez que los veas?

Si supieras que es la última vez que vas a ver a un ser querido, ¿cómo estarías con esa persona? ¿Cómo te comportarías? ¿Cómo le escucharías? ¿Cómo le mirarías? ¿Cómo le hablarías?

Sabiendo que tu tiempo en este mundo es limitado, ¿estás pasando el tiempo con las personas que tú quieres o con las que te han tocado por defecto?

Aunque debieras vivir tres mil años y aun diez veces otros tantos, acuérdate siempre que no se pierde otra vida que la que se vive y que solo se vive la que se pierde. Así, la vida más larga y la más corta vienen a reducirse a lo mismo. El momento presente que se vive es igual para todos; el que se pierde, lo es también, y este que se pierde llega a parecernos indivisible. Y es que no se pierde el pasado ni el futuro; pues aquello que no poseemos, ¿cómo podría arrebatársenos? — Marco Aurelio, Meditaciones 2.14

Reflexiona con cuánta frecuencia buscas más de lo que tienes. Quieres que el pasado sea mejor de lo que fue. Quieres que el futuro suceda tal como esperas. Cuando lo haces, estás descuidando el momento presente. ¡Qué gesto tan desagradecido!

Lo único que poseemos es este presente, pero tiene fecha de caducidad y vence muy pronto. Pero si lo disfrutas del todo, será suficiente. Puede durar toda una vida.

Mi abuelo me dijo cuando era pequeño que siempre viviese por las pequeñas, sencillas cosas de la vida. Vivir por los amaneceres a las seis de la mañana, donde puedes ver colores únicos en el cielo. Vivir por el éxtasis de enamorarse. Vivir por la emoción de la victoria y la agonía de la derrota. Vivir por la alegría de criar a un hijo. Vivir por los caminos por la montaña, cuya suave brisa juega con tu pelo. Vivir por los días en los que te rodeas de tus personas favoritas, que te ayudan a recordar que el mundo no es un lugar frío y cruel. Vivir por las pequeñas, sencillas cosas de la vida. Esas son las que te hacen darte cuenta de que de esto trata la vida. Esto es lo que significa estar vivo.

Vivimos en un mundo lleno de libros antiguos, sorbos de café en medio de una conversación con un amigo, música esperando ser escuchada y un sinfín de preguntas deseando ser respondidas. Hay tantas cosas maravillosas rodeándonos todo el tiempo, y solo necesitamos parar y tomar un momento para apreciarlo.

Por favor, asegúrate que dondequiera que estés en la vida, no la trates como un periodo transitorio. No malgastes tus años en la universidad, esperando a graduarte y conseguir un trabajo. No malgastes tus años soltero esperando tener alguien del que estar enamorado. Cuando esas cosas vengan, vendrán en su momento y serán buenas.

Pero no hay nada peor que mirar atrás y sentirte vacío porque has desaprovechado años ignorando algo mejor. Es importante mejorarte a ti mismo y conseguir tus objetivos, pero no descuides el presente porque aquí es donde estás ahora y es aquí donde determinas tu futuro.

Hagamos dichosa, proponía Epicuro, la inevitable mortalidad de la vida.

— ¿Cuál crees que es el propósito de la vida?

— Vivir, supongo.

— ¿Deberíamos intentar conseguir algo?

— No lo sé. ¿Hay algo realmente nuestro por conseguir más allá de nosotros mismos?

Un hombre no puede vivir bien si no sabe cómo morir bien. La vida es un proyecto de desarrollo y la muerte su meta lógica y natural. Tenemos que saber cómo morir de una manera digna que nos permita alcanzar la tranquilidad mental y que sea de consuelo para los que nos sobrevivan. Es la prueba última del carácter y los principios.

No puedo escapar de la muerte, pero al menos puedo escapar de temerla. ¿O acaso moriré temblando? — Epicteto.

El miedo a la muerte se deriva del miedo a la vida. Un hombre que vive plenamente está preparado para morir en cualquier momento — Mark Twain.

La muerte sólo es el final si asumes que la historia trata de ti.

✍ ️ Práctica: Ahora el turno es para ti. Coge un papel y un boli (aviso que es un ejercicio que vas a hacer bastante, también vale si lo quieres escribir en Google Docs o Notion) y responde a las siguientes preguntas.

  • ¿Cómo me gustaría ser recordado?
  • ¿Qué cosas quiero dejar atrás?
  • ¿Quiero haber dado más de lo que he recibido en mi vida?
  • ¿De qué cosas no quiero arrepentirme cuando vaya a morir?

Sabiendo que algún día morirás:

  • ¿A qué te atreverías hoy?
  • ¿Qué miedo no estás enfrentando?
  • ¿Qué te estás dejando por hacer?
  • ¿Cuál sería tu mayor arrepentimiento en tu lecho de muerte?
  • ¿Cuál es el primer paso que está bajo tu control dar, por pequeño que sea?
  • ¿Qué tienes que perder si das ese primer paso adelante?
  • ¿Qué es lo peor que te puede pasar?
  • ¿Cómo de pequeño se queda cuando lo pones al lado de la muerte?

Sea lo que sea, atrévete. Sólo tienes una vida.